domingo, 26 de junio de 2016

LA FORTUNA

¿Qué es la fortuna? Es riqueza, sí; pero no es oro, ni plata, ni piedras preciosas, ni bienes tangibles. Es algo más. Hay muchas clases de fortuna. La más grande es la que no se ve, sino la que se siente. Es aquella capaz de crear vínculos, de hacer del respeto, del amor y la educación, el más grande de los tesoros, el bien más preciado.

Yo, he tenido la suerte de conocer y convivir con gente de fortuna. Una familia de buenas personas, educadas en ese amor, en la generosidad, y en la ignorancia de lo que significa el prejuicio o las malas artes. 

¡Qué fortuna tan grande la de estos hijos huérfanos de haber tenido unos padres de corazón! Era grande ese corazón, el del padre y el de la madre; los dos dejaron de latir. De ellos aprendieron las pequeñas cosas de la vida y los grandes retos, como el de recibir su muerte. Porque para el reto de perder a un padre y una madre hace falta coraje, serenidad, templanza, y mucho amor y paz de espíritu. De ellos también aprendieron ésto. Supieron lo que significa ser amado, protegido, respetado, valorado. De ellos aprehendieron a ser las personas que son. De la fortaleza en su aprendizaje expandieron sus raíces. 

¡Qué fortuna tan grande se llevan los padres en su gran viaje! La fortuna de haber podido guiarles en su camino, de haberles consolado, curado sus heridas, abrazado, escuchado. Es como ese mar cálido del mediterráneo que te mece con suave oleaje, tierno y apacible. Así ha sido su vida, la de todos ellos. Al menos, así se ha visto. ¿Perfecta? seguramente no. Pero sí afortunada.

¡Qué fortuna tengo por estar hoy aquí! por haber conocido y querido a los padres, por estar queriendo y viendo el devenir de la vida de los hijos, que ahora sufren la pena de la ausencia. Es la fortuna que siento de haber pertenecido de algún modo a sus recuerdos. 

Hay un jardín triste hoy, una casa vacía, un hogar sin leña, una amargura repentina. Será la fortuna de haber pertenecido a la historia de esos padres que se han ido, la que devolverá la flor a la planta marchita.

Clara

viernes, 13 de mayo de 2016

LA CELEBRACIÓN DE LOS LIBROS
Con motivo de la Feria del Libro, Torrelodones celebró la fiesta de los libros en la Plaza de la Constitución. Además, la revista Mas Vive rindió un homenaje a los autores Torresanos con pequeñas entrevistas, pinceladas de su biografía y referencias de sus obras. LOS QUE NO MUEREN SOLOS, tuvo su hueco en la edición número 139 de la revista, en la sección "Autores de Torre, con sus propias palabras"

Ver entrevista en siguiente enlace: http://www.doopaper.com/pubs/vivetorre/vtorre149/


lunes, 11 de abril de 2016


"¡QUÉ ÉXITO DE FUNCIÓN!"


Era viernes, y como muchos venía arrastrando el cansancio que caracteriza al día. Final de semana, que invita al descanso y al ocio. Dejas aparcadas muchas cosas en la lejanía y decides sumergirte de nuevo, después de muchos meses en mi caso, en la magia del teatro. Torrearte estrenaba. No podía faltar.

Soy amateur y mis aptitudes tal vez no sean las más adecuadas para hacer una crítica profesional. Ésta tampoco pretende ser ni siquiera una crítica. Pero soy espectadora fiel de esta ya veterana asociación de aficionados llamada Torrearte. Un grupo de personas con gran potencial y un enorme deseo de hacer lo más difícil de las artes escénicas, «entretener». 

Podría empezar diciendo que esperaba un éxito de función, pero lo que me encontré fue una sorprendente y delirante "Ruina de función".  La obra no sólo fue un pasatiempo, no sólo entretenida, fue mucho más. Podría seguir diciendo que esperaba una obra amable, amena y distendida, pero me encontré con una obra grande. Grande el trabajo de unos actores sin pretensiones, grande la escenografía, grande el guión e inmensa la dirección de quien ama la escena, y se le nota. Jaime Laorden nos sumergió en las "tripas" del teatro, y en las entrañas de "su teatro" y nos deleitó con un espectáculo que nada tenía que envidiar a cualquier otro.

"Qué ruina de función" resultó ser una obra hilarante, excelentemente bordada con hilo fino y sutilmente tejida para construir algo sólido, profesional y atrevido. 

El mérito del teatro está en enseñar lo que no se ve y no mostrar todo lo que esconde. Meses de ensayos, de trabajo altruista y de ilusión regalaron al espectador una sonrisa que tardó mucho en desaparecer. Aún vibran las butacas del teatro, y esperan vacías a que pronto Torrearte nos vuelva a deleitar con su impecable "savoir faire".

Con especial cariño al Director, mi más sincera enhorabuena para Torrearte y para "Qué ruina de Función" (1 de abril de 2016).


martes, 5 de enero de 2016

El Sueño de EVA




 Nada podía suponer durante todos aquellos años que un día cumpliría su sueño.  Ni él mismo imaginó en la desnudez  y la apatía de su existencia, en el abismo de su letargo, que viviría más allá de las raíces que le habían dado vida. Un día había imaginado su cuerpo ligero e ingrávido flotando por encima de sus recuerdos, de las imágenes del pasado. Su mente precisa y sus ojos observando al  mundo pasar bajo sus pies.

El traje pesaba más de lo deseable y se le hacía incómodo al principio. Un globo hinchable que hacía sus movimientos lentos y pesados, carente de sensibilidad en sus miembros salvo por unos guantes que habían tenido que hacer a medida.  Sonrió sin acritud al ver aquellos tubos, pequeños conductos en la parte posterior del traje, que le salvarían de más de un apuro en caso de un espacio de tiempo prolongado fuera de la nave.  Pero, incomodidades salvadas, una vez dentro de él tuvo una sensación de protección y recogimiento casi infantil. 

La despedida fue fácil y sincera. No le causaba desasosiego el desafecto de una tierra que al fin y al cabo sólo le había visto nacer. Su vida había sido tan simple como mundana. El pequeño apartamento de apenas cuarenta metros cuadrados respiraba soledad. Sólo paredes, un suelo donde sujetar sus pasos y un techo, frontera de su delirio y barrera infranqueable que le impedía ver más allá de lo cotidiano. Sólo aquel felino callejero que un día interfirió en su monótona existencia transgrediendo los límites del alfeizar de la ventana podría significar algo en todo aquello. Lo había alimentado varios días seguidos y decidió quedarse sin pagar alquiler. Dudaba que éste le echase de menos. Aquel gato no se había contagiado aún del mal que acechaba a la humanidad, la necesidad.
Le puso el recipiente con unas sardinas en aceite y otro más pequeño con algo de leche. Dejó la ventana entre abierta con espacio suficiente para que del mismo modo que un día decidió quedarse, pudiera decidir igualmente su marcha. Sólo en caso de que el felino no se hubiera contagiado.

Tenía la maleta en la entrada, las llaves en la mano y el abrigo sobre sus hombros. No volvería la vista atrás; pero algo inesperado le hizo quedarse quieto durante unos segundos con la mano en el picaporte. Una emoción que nunca pensó que tendría encogió su estómago por un momento. El felino se había acercado por detrás y se había colocado entre sus piernas. En un descuido, había rozado sus tobillos con su manto de pelo dorado y se había colocado frente a él. Sus ojos color esmeralda se habían posado en los suyos. Aquello no estaba previsto. El apego era un resquicio de lo que pudo ser. Y el gato lo sabía. Entonces, hizo algo que acompañaría en su futura memoria los días que venían. Cogió el gato entre sus manos, lo miró, acarició su suave lomo casi aterciopelado, y lo llevó al alfeizar de la ventana por la que un día entró en su vida. El animal se quedó inmóvil durante unos segundos sin apartar sus brillantes ojos de la figura que ya se había vuelto sobre sus pasos y se disponía a abandonar el piso. Cuando éste se volvió para cerrar la puerta tras de sí, la casa le pareció inmensa. El gato ya no estaba.

***

La epidemia era evidente. Lo veía por la ventanilla del coche conforme se alejaba. Incluso en aquel hangar inmenso lleno de gente como él, podía sentir esa necesidad de pertenecer, esa inmediatez y la imperdonable falta de gratitud por aquello que contribuía a su felicidad. Felicidad etérea, por otro lado. Nada encomiable.

Se encontraba a buen recaudo, ya inclinado en su asiento, con los cinturones de seguridad abrochados y anclado a lo que a partir de entonces sería su nuevo hábitat. No habría paredes, ni suelo ni techo, al menos como él los conocía. Sólo el universo, como aquel grito de Amaral que le venía constantemente como un tarareo regular. Su compañero, sentado en el asiento de al lado, un clon de él mismo, con su idéntico traje blanco grisáceo y cremalleras azules. Un botón, un gesto, un suspiro, y habría dicho adiós a la inconsistencia de su planeta; un sitio enfermo que ahogaba a sus habitantes. Él no se quedaría allí para verlo sufrir ni para enterrarse en un presente opaco y un futuro incierto, sin oxígeno, y sin silencio.

« ¿Estás listo?» preguntó el compañero. Un gesto de cabeza y una sonrisa premonitoria hicieron que el primero levantase el dedo pulgar ante la cámara que los observaba. Sería ésta la última vez que le observarían, al menos, de ese modo. Una señal, sólo una señal para que todo cambiase. Giró ligeramente su rostro por la minúscula ventana que tenía a su derecha, lo que su anclaje y posición le permitieron. El cielo estaba azul, limpio, sin impurezas. Tal como él se había imaginado.

Cerró los ojos esperando el lanzamiento. El ordenador central ya ha comprobado que todos los sistemas funcionan correctamente. Aquello, por extraño que pudiera parecer, no le crea un ápice de ansiedad. Su cuerpo se adormece con la relajación del momento. La cuenta atrás, tantas veces memorizada le llega en forma de música. Está preparado para sentir el temblor del habitáculo, el primer  ruido ensordecedor y otro más débil como el de un látigo al hacerlo serpentear en el aire. Ya ha sentido la violenta sacudida final y la vibración dentro del habitáculo no cesa. Se siente succionado por el asiento; su brazo quiere moverse pero el apoyabrazos lo atrapa contra sí. Nota que le cuesta respirar, pero lejos de ser desagradable le sugiere una sensación placentera.

Entre vibraciones y sacudidas el cohete ha llegado al espacio y él también. La paz que siente en aquel instante es indescriptible. Poco a poco va alcanzando la estabilidad de lo ingrávido, de la falta de consciencia del mundo conocido. Nota como su corazón se acelera mientras contempla por la ventanilla la belleza que le rodea; un azul grisáceo que envuelve la tierra se va oscureciendo mientras se alejan. Su compañero se ha acercado por detrás y le ha rodeado los hombros con su brazo « ¿Es así como te lo imaginabas?» le pregunta. Pero él no puede contestar. Algo parecido a una obstrucción en la garganta le impide comunicarse. No lo haría con él. Parpadea unos segundos y las lágrimas asoman finalmente de sus ojos. Sus labios no están tensos. Su cuerpo vibra de una emoción incontrolable. Escucha a su compañero en la lejanía comunicarse con sus semejantes, pero él mantiene su éxtasis en aquella visión hermosa del universo.

***


 No fue casualidad para él que aquello tuviese nombre de mujer. Actividad extra vehicular. EVA era el nombre técnico de lo que iba a hacer. Y el cordón que le uniría a la nave bien podría haber sido el suyo propio, el que nunca rompió, o el que nunca tuvo. O simplemente, le acechaba el recuerdo de la felicidad que un día experimentó y que no volvería, a su lado.

Se tomaría su tiempo y no parecería impaciente para no desconcertar a quien le acompañaba en su viaje. Nada le ataba a él salvo la casualidad de haber vivido experiencias similares y haberse preparado juntos. Aquello no era un vínculo. Formaba parte de la temible plaga que asolaba la tierra y de la que tanto quería desprenderse.

Su nuevo traje era como una nave en miniatura. Todo pensado para un perfecto viaje al infinito. La escotilla se había abierto y ante él un inmenso cuadro de incalculables colores vivos: naranjas, rojos… El corazón acelerado, dio un salto al vacío y se deslizó por fin hacia el Universo. Abrió los ojos tanto como pudo como si quisiera abarcar todo el perímetro hasta lo que tenía a su espalda. Nada de lo que había vivido hasta ese momento se parecía a aquel espectáculo de color, quietud y falta de consciencia.

Poco a poco fue captando la oscuridad que le rodeaba. Se acercó la mano hacia el casco, apenas podía ver la silueta de sus dedos. Su cuerpo se había vuelto un desconocido para él. El silencio se cortaba con cada respiración continua y regular que él mismo había entrenado. Una bola azul y blanca que casi ya no podía apreciar se sentía lejana, como si fuera un sueño creado por un pintor. Pensó en cómo sería tener a la soledad de compañera y al silencio como ruido de fondo. Esa música maravillosa que sólo él podría escuchar. Todo era como él había imaginado.

Se había alejado casi cien metros de la nave y aún tenía el cable de unión que le salía del ombligo. Escuchó a su compañero a través de los auriculares que le oprimían « Te alejas demasiado. Se agota el tiempo y tienes que completar la misión» Lo podía oír como un eco lejano, una voz que conocía bien pero que su mente se negaba a codificar «Regresa, Ícaro. Regresa » Pero su misión era otra.

Sólo tenía que soltar el cordón; perder contacto y dejarse arrastrar por la paz y la quietud que en la tierra no tenía. La soledad de su apartamento sin ella era infinitamente peor a la que podía ganar en el espacio. Ella se había ido. Tal vez nunca había existido. Se había dejado vencer por la enfermedad de la necesidad y el apego. Una  maldita epidemia que le perseguía en todas y cada una de las formar posibles. ¡Qué tenía que perder! « ¿Acaso estoy aquí por ella? ¿Por su ausencia?» se dijo. De nuevo aquella voz masculina, que amartillaba su cerebro « ¿Qué haces Ícaro? Regresa, regresa de una vez»
El tiempo se agotaba. Si no cortaba el cordón llegaría al límite de lo que su cuerpo podría aguantar fuera de la nave. Veinte minutos máximo. Esperar y dejarse llevar, de nuevo dejarse arrastrar por las circunstancias era una opción. O cortar, arrancar el cordón umbilical y levantar el pulgar. Todo está bien.

Llevó su guante a la rosca que enganchaba el cable y comenzó a girarla. La voz de su compañero le llegaba amenazante cuando pretendía ser angustiosa « ¡Ven! ¡Regresa! ¡No lo hagas!» Casi había conseguido desenroscar la mitad cuando sintió frío en el casco. Un frío que no esperaba. Respiraba con dificultad, con pausa, como si tuviera todo el tiempo del mundo para ello. La confusión le nubló la vista y la negrura del universo se le tornó extraña. Pasados unos segundos todo fue al revés. Empezó a sentir calor, un calor que aceleró su respiración de forma inusitada. Estaba notando un cambio de estado. Tal vez, se dijo, esté vivo aún.

La tierra se le antojaba inmensa en el infinito. Era hermosa y perfecta. Ningún planeta desconocido podría semejarse a ella. Dudó de su condición de inhábil, de su levedad. Ícaro lloró en la soledad de aquel casco vacío, entre el sonido de su corazón, y la oscuridad del cosmos.

Entonces, por un instante logró visualizar al gato, entrando por la ventana abierta,  escudriñando el micro espacio de su apartamento. La leche y las sardinas aún estarían allí esperando si él quisiese. Era algo concreto, material y tangible. Echó la vista a su mano derecha que había dejado de desenroscar el cordón.  Movió los dedos delante de su visor y lo levantó con suavidad hasta dejar el rostro a merced del espacio exterior. Partículas y energía que inhalar. Sintió el calor de la quemadura solar en el rostro. Aguantó unos segundos aquella sensación de estar integrado con el universo y luego lo bajó. Había dejado de llorar.

Buscó con dificultad la visión de su compañero desde la nave, quien había sido su única sujeción a lo que había sido la vida real hasta ese momento. De pronto lo presintió como algo necesario, sin saber por qué.

Se llevó la mano de nuevo al vientre y comenzó a girar la rosca de modo instintivo en sentido contrario. Pocos minutos y muchos metros le distanciaban de su nuevo hábitat. Al igual que pocos días antes en el umbral de su casa sintió algo demoledor. Por fin descubrió el motivo de estar vivo. Sentía miedo.
FIN


lunes, 16 de noviembre de 2015

Palpar sueños, sentir que son tuyos
Anhelos que se funden en tumultos
Que corren, escapan, lloran y huyen
Del odio, del desprecio y fervores absurdos

Sabe a sinrazón, huele a llanto,
Se ve a distancia y un día te acecha,
Te atrapa, te roba lo que más amas,
Lo sientes, duele, y te desangras

Ellos no tendrán sueños,
No quieren que los tengan,
Porque los sueños ríen, aman,
Ahora, son vida sin dueños

De ellos se habla,
De su silencio, de su miedo,
De lo que fueron, de lo que no serán.
Fluyen en un río sin alma, quieto, sin paz.

Sabemos el cómo, vemos el donde,
Sabemos el  cuándo y el quien,
Amaremos y viviremos,

Y nunca de ese día entenderemos por qué

lunes, 24 de agosto de 2015

sábado, 6 de junio de 2015

Licencia de Creative CommonsCafé de estación by Adriana Giménez Jiménez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.


Café de estación

Llegué a la estación a primera hora de la mañana, como de costumbre. Encerré el café recién comprado entre mis manos para ahuyentar el frío matutino y me senté en el banco de siempre, fiel compañero viejo y desgastado que descansaba perezoso frente a las vías del tren.
La estación se fue llenando poco a poco, hasta quedar abarrotada de gente que esperaba impaciente el tren de mediodía. Aquel día venía de Valencia, o al menos eso creía yo. Paseé la mirada por el andén, fijándome en seguida en ella.

Aquel día llevaba un pañuelo de color amarillo anudado al cuello, un vestido verde oscuro que le llegaba un par de centímetros por debajo de las rodillas y un enorme abrigo de visón. Lucía unas gafas oscuras y lágrimas negras en las mejillas. Sus hombros se convulsionaban ligeramente de vez en cuando, a pesar de los evidentes esfuerzos que hacía la mujer por recomponerse y que no se notase demasiado. Era bella, la mujer.

Mi imaginación empezó a trabajar, desbordándose al no encontrar obstáculo alguno, hilando retorcidas historias que dieran explicación a sus llantos; igual se trataba de la típica mujer que, gracias a su deslumbrante belleza había conseguido casarse con el pez más rechoncho de Madrid; pero que, después de numerosos encuentros furtivos con su amante, había sido descubierta y ahora se veía obligada a huir corriendo de su colérico esposo.

Pudiera haber sido medianamente creíble de no ser porque no llevaba bolsa alguna, o al menos yo no la veía por ninguna parte. Por otro lado, si de huir se tratara, seguramente hubiera cogido el tren hacía tres días, y no la hubiera seguido viendo en el andén cada mañana. Aunque, quién sabe, a lo mejor no había salido nunca de Madrid y  la indecisión le impedía subirse al vagón una vez éste se vaciaba de pasajeros y la voz metálica de la megafonía anunciaba que el tren se ponía en marcha de nuevo.
En aquel momento, sacó un espejo de mano de un bolsillo de su abrigo y se limpió la cara como mejor pudo, sobresaltándose después de unos minutos al oír el sonido estruendoso del tren llegando a la estación.

Un murmullo colectivo se extendió entre los presentes, y muchos de ellos dieron sistemáticamente un paso a delante.

Me coloqué la bufanda, me terminé el café y lo tiré a la papelera más cercana, sentándome después en el banco, añorando el agradable calor que había desprendido aquel el vaso de cartón.
Volví a fijarme en la mujer. Se había quitado las gafas y había parado de llorar. Desde mi banco no la veía demasiado bien, pero podría haber jurado que tenía unos ojos preciosos, y que en aquel momento un brillo de esperanza se había apropiado de su mirada.

Al poco rato comenzaron a bajar personas de todos los vagones. Algunos buscaban con la mirada a algún familiar que sabían había ido a recogerlos, otros bajaban con la mirada fija en el suelo y abandonaban la estación a toda prisa.

Observé como la desilusión iba calando en la mujer a medida que el tren se iba vaciando; su sonrisa esperanzada se desdibujó poco a poco hasta no quedar más que el triste fantasma de lo que había sido, y su mirada perdió aquel brillo especial que la había adornado minutos atrás. Al rato se dio la vuelta y echó a andar hacia donde yo me encontraba.

-¡Mamá!

El grito retumbó por toda la estación, parando el tiempo y haciendo que contuviera la respiración. Ella se paró en seco y abrió los ojos como platos, incrédula. Se dio la vuelta, buscando con la mirada al dueño de aquella voz infantil.

-¡Mamá!

Repitió el niño, corriendo hacía la mujer del pañuelo amarillo, abrazándola con fuerza.
Me levanté del banco, metí las manos en los bolsillos del abrigo y me alejé sonriendo. Otro día más, fallaba mi imaginación.


-


Un rayo de sol atravesaba descaradamente la habitación, desafiando a la pesada oscuridad que inundaba el cuarto e iluminando sus numerosos moratones. Su piel, anteriormente blanca y lisa como la porcelana, lucía ahora tonos verdosos, morados y negros. Hilillos de sangre seca le adornaban los labios. Su antebrazo se torcía en un ángulo extraño y sus ojos entrecerrados trataban todavía de habituarse a la luz. Intentó estirarse en la cama, gimiendo silenciosamente ante los estallidos de dolor que recorrían su cuerpo cada vez que efectuaba el más mínimo movimiento.

Muy despacio logró sentarse a los pies de la cama y, viéndose sin fuerzas para ponerse de pie, se quedó ahí, inmóvil.

La casa estaba inusualmente silenciosa, y ella se dio cuenta.

No había gritos. No había ruido. No había nada.

Tan solo se oía el murmullo lejano de los coches que pasaban bajo la ventana del piso y el piar de los ruiseñores que habían anidado en un rincón de su balcón aquella primavera.

-¿Dani?

El niño siempre acudía a su llamada, ayudándola una vez ella se despertaba. Pese a su corta edad, había aprendido a curar sus heridas mientras murmuraba en voz muy baja palabras tranquilizadoras y le acariciaba el pelo intentando acallar sus llantos. Después corría a la cocina a por un ibuprofeno y un vaso de agua y se lo traía a la habitación.

-¿Dani?

De nuevo no hubo respuesta.

-¿Dani?

Ella trató de alzar la voz, por si el niño se había quedado dormido y no la había oído. Ya había ocurrido otras veces, si bien a la tercera llamada Dani siempre respondía.

Preocupada, hizo un esfuerzo por levantarse y se encaramó a la pared, apoyándose en ella para llegar al cuarto de su hijo. Abrió la puerta. La cama estaba vacía.

Aquello hizo que algo se despertara en ella y, dejando a un lado el dolor, corrió por todas las habitaciones del apartamento, buscando desesperada en todos y cada uno de los armarios; debajo de todas las camas y sofás; bajo las sabanas, en la terraza, detrás de los abrigos. Salió al descansillo y se asomó a las escaleras, gritando el nombre de su hijo. Volvió a entrar en casa.

-¿Dani?- el llanto se apoderó de ella y le fallaron las rodillas. Presa de la rabia y del dolor, se tiró de los pelos y se arañó la cara hasta mancharse las manos de sangre. Le había quitado a su niño. Aquel hijo de puta se lo había llevado. Se lo había llevado consigo. Perro despiadado. Quería matarle. En aquel preciso momento deseaba clavarle un cuchillo en las entrañas y retorcerlo tantas veces como años había soportado su tortura. Quería verle sufrir, pero sobretodo quería que le devolviera a su hijo.
Intentó localizar el teléfono para llamar a la policía, pero fue incapaz de levantarse de nuevo. No le respondían las piernas y el brazo izquierdo colgaba inerte, roto por la mitad del antebrazo. No era más que una muñeca desgastada por los años, con la que Dios se había cansado de jugar y a la que había abandonado a merced de los crueles perros que habitan el mundo. Se encogió sobre sí misma en el frio suelo y atrajo sus piernas al pecho, llorando lágrimas de sangre.

Horas más tarde el dolor le dio un respiro y durmió. Al día siguiente fue capaz de arrastrarse con la mano derecha hasta la mesa del salón y coger el teléfono. Llamó a la policía y esperó.
Pasaron los meses y nada se sabía, ni del hijo ni del perro de su padre. Ella fue recuperando poco a poco algunos trozos de su vida despedazada, rezando cada noche por su hijo perdido, llorando y recomponiéndose a la mañana siguiente.

Esperaba que, en cualquier momento, el niño apareciera al final de la calle y corriera hacia ella; de vez en cuando escuchaba sus gritos y corría a su cuarto, para encontrarse con que no había nadie; incluso llegó al punto de autolesionarse por sí, una vez más, el niño aparecía para curar sus heridas. Se estaba volviendo loca.

También vivía con miedo a que él, su marido, volviera a aparecer; a abrir la puerta de casa y que comenzaran de nuevo las palizas y los insultos, a que el monstruo en el que se había convertido años atrás la asaltara por la noche y acabara con su vida, o lo que era peor, con la del hijo que le había arrebatado sin compasión alguna.

Y así pasaron los días; días de incertidumbre, tristeza y desesperación; días grises, todos iguales y carentes de sentido.

Entonces llegó el mensaje.

‘100.000 por tu hijo’

Ella pagó y él pidió más. Ella se vio obligada a vender su piso y su coche, y solo una vez en la ruina, él accedió a devolverle a su hijo.

Por mensaje le dijo que al día siguiente enviaba al niño en un tren desde Valencia.

La mujer se presentó en la estación pronto por la mañana, se sentó en un banco y esperó todo el día, hasta que por la tarde recibió otro mensaje.

‘Mañana’

 Durmió allí, usando el bolso como almohada, arropada por un cielo veraniego cuajado de estrellas. Esa noche casi le pareció ver el rostro de su hijo a la derecha de la Osa Mayor, sonriéndole desde ahí arriba. Y sonrío con él, pensando que en unas horas volvería a arroparle entre sus brazos.

Al día siguiente se levantó del banco solo para comprar un café por la mañana. Después se volvió a sentar, esperando.

‘Mañana’

Al tercer mensaje ella se desesperó y tiró el móvil al suelo furiosamente, para justo después darse cuenta de su error y soltar un suspiro de alivio al comprobar que seguía funcionando. Aquel día tampoco llegó, ni tampoco los dos siguientes, y la mujer cada vez tenía más claro que no iba a venir, que el perro de su marido nunca dejaría de hacer de su vida un infierno.

No iba a volver a ver a su hijo.

La idea calaba más y más en su mente, ennegreciendo sus pensamientos y matando la esperanza, que solo se dejaba ver cuando bajaba de un vagón algún niño castaño de corta estatura. Cuando eso ocurría corría tras él, le giraba bruscamente para comprobar una vez más que no se trataba de su hijo y recibir más de una mirada despectiva por parte de los padres.

Los mensajes seguían llegando y ella no podía más. Seguía esperando, sí, pero cada vez eran mayores sus deseos de caminar por las vías hasta que un tren terminara con su agonía. O subir a lo más alto de la estación y volar. O coger un cuchillo y dejar que se le escapara la vida por las muñecas. Fantaseaba con la idea a menudo; dejarse ir, y acabar con el sufrimiento de su alma herida y de su cuerpo destrozado por tantos años de palizas constantes.

 ‘Si no viene hoy, se acabó’ se dijo para sí.

El tren paró y comenzó a bajar gente de los vagones. Ella se fue desinflando a medida que se vaciaba, como si con cada pasajero que bajaba del tren se le escaparan unos minutos de vida.

‘No viene’

Se dio la vuelta y se dirigió hacia la salida de la estación, dispuesta a abandonar. Ya no le quedaban fuerzas para seguir viviendo. No era capaz de seguir esperando.

-¡Mamá!

El grito retumbó por toda la estación, parando el tiempo y sobresaltándola.

Ella se giró hacia la derecha, ilusionada e incrédula.

Entonces vio la escena. Un niño rubio corría, tan rápido como sus cortas piernas le permitían, hacia una bella mujer que llevaba un pañuelo amarillo anudado al cuello. Ambos se fundieron en un abrazo, riendo y llorando de felicidad.

Ella, observando desde la lejanía, sonrió con ellos. Por un momento imaginó que el niño rubio era moreno y que la mujer del pañuelo amarillo no era otra que ella misma. Se permitió compartir el momento con ellos e intentar saborear la felicidad ajena durante unos instantes.

Después, con calma, bajó a las vías, se quitó los zapatos e, ignorando los gritos de alarma de los presentes, corrió dirección norte.

El viento jugó con su pelo y el frío hierro arañó sus pies descalzos.

La soledad le susurró al oído que esperara con calma a la llegada del tren.

La tristeza le dijo imperiosamente que no se moviera ni un milímetro, que no dejara vencer al miedo.

La resignación hizo, justo antes del impacto, que ella, nuestra muñeca desgastada, recibiera a la muerte con los brazos abiertos, una sonrisa en los labios y lágrimas en sus mejillas.

Al fin y al cabo, el niño no iba a llegar.


Al fin y al cabo, por fin podría dejar de esperar.